sábado, 20 de febrero de 2010

DESDE PUERTO PRINCIPE

Por Carlos Saldivia, desde Puerto Príncipe

A una hora y media del centro de Puerto Príncipe está lo que queda de la Casa del Buen Samaritano, más conocida como el Hogar de Madame Paul. En el trayecto pareciera que el terremoto que destruyó Haití el 12 de enero pasado hubiera sido apenas ayer: casas en el suelo y otras por caer, cadáveres aún descomponiéndose en la calle, carpas por doquier, personas que buscan enseres ajenos entre los escombros y hordas pidiendo agua a un aljibe o alimentos en unidades militares.

Al final de un largo camino de tierra -sin nombre conocido, en el sector de Croix dus Bouquets-, cuyos hoyos y grietas no permiten avanzar a más de 40 kilómetros por hora, aparece un amplio y sucio portón rojo, sin letrero. Es la Casa del Buen Samaritano, que para 90 niños abandonados marca el límite entre lo que sería morir en la calle de hambre o sed y sobrevivir bajo una improvisada carpa, un vaso de leche y un plato de porotos con arroz al día.

Tras el terremoto, el lugar se asemeja más a un campo de refugiados iraquíes que a un hospicio para niños entre 12 meses y 15 años, como los que viven aquí. No hay agua potable, ni baño, ni camas suficientes, ni electricidad. Tampoco los había antes de lo que ellos llaman "el martes 12". El agua que les llega la trae el Comando Conjunto de Ingenieros Militares de Chile y Ecuador en un camión cisterna una vez a la semana. Eso les alcanza para comer, hacer algo de aseo y para un baño común a la semana. Un grupo de civiles de la ONU, que lidera un chileno que pide reserva de su nombre, con frecuencia hace una "vaca" para llevarles sacos de arroz y porotos, además de gas y carbón.

Al ingresar aparece lo más cruel de la miseria haitiana. Un paisaje sobrecogedor, bajo 35 grados de sol, sin sombra. Los niños toman mi mano entre las suyas, quieren un poco de mi agua envasada. Otros demandan salir en una fotografía, un abrazo o una caricia sobre sus calvas cabezas o famélicos brazos, ansiosos de gestos de ternura.

Un grupo de pequeños que no superan los cuatro años lloran desnudos, corren y tratan de beber agua con barro con sus manos de una pileta casi seca, ubicada en el patio. En esta misma fuente es donde se les da su baño semanal con un jabón antisarna, que claramente es insuficiente como medida de higiene. Detrás de la serie de carpas improvisadas puestas recientemente, se ubica la casa hogar y escuela. Hoy ha quedado inhabitable, debido a que el segundo piso presenta una visible grieta horizontal que recorre todas las paredes. "Con una réplica puede venirse abajo", explica Jean, un adolescente de 15 años en perfecto francés.

"El día del sismo estaba oscureciendo, los niños gritaban y saltaban de un lado para otro, se caían al suelo sin entender lo que pasaba. Afuera, la gente gritaba más fuerte y había un ruido horrible. Necesitamos una nueva casa para seguir funcionando y un nuevo estanque de agua, porque éste se agrietó", señala la directora, madame Paul.

La "madame" es una monja anciana, negra y risueña, de 60 años, que instaló este hogar hace 15 años. Una buena parte de los niños haitianos adoptados en Chile ha salido de acá. Un ejemplo de ello es Amelie, hija de Bárbara Vougoraux, quien vino por ella en 2007 tras una dura travesía que terminó con un final feliz.

"Antes del martes 12 estábamos mucho mejor, nuestra casa escuela era grande y la Minustah (Misión de las Naciones Unidas para Haití) enviaba periódicamente equipos médicos para ayudarnos con muchas cosas. Incluso hicimos una Navidad con los soldados de Chile. Ahora estamos viviendo en carpas, afortunadamente ningún niño murió", relata madame Paul. Pese a la ayuda, ella dice que lleva años pidiendo una silla de ruedas para poder trasladar a una pileta del patio a dos niños postrados y a otros dos que se deben arrastrar para ir a bañarse.

El hogar tampoco ha estado exento de cuestionamientos por los chilenos que lo han frecuentado. "Llegué a Haití en 2007. Me fui a buscar a mi hija que tenía dos meses y que en febrero cumplió 3 años. Estaba en muy malas condiciones, con desnutrición, diarrea crónica, y deshidratada, sin energía. Incluso creí que tenía daño neurológico. No podía fijar la vista, ni tampoco mantenerse despierta. Tras alimentarla, se incentivó y empezó a reaccionar, se rió, balbuceó, se veía como contenta. Todo lo que mandé al hogar, principalmente leche, lo habían vendido para obtener dinero para otras cosas", señala una madre que adoptó una menor de este hogar.

La casa del argentino

A 40 kilómetros de acá, saliendo del lugar más acomodado de la capital, Pettion Ville, se ubica uno de los hospicios más importantes de Haití, la Fundación Orphelinat Rose-Mina de Diegue, más conocida como la Casa de Madame Roland. Aquí, la situación no es mejor. Aunque se ve menos pobreza, las imágenes son todavía más crueles, pese a que el terremoto no dejó daños relevantes en el inmueble. Un niño desnutrido de dos años duerme en una dura banca de madera, otro más pequeño llora sin parar con gritos desgarradores. Un grupo de niñas intenta en vano sacar un poco de agua de un dispensador vacío. Ponen su boca para sacar gotas.

En la misma sala del segundo piso, un recién nacido está con un pañal XL desde hace horas y durmiendo en el suelo, como un objeto que apenas se mueve. No puede afirmar su cabeza y sus "hermanitos" de 5 o 6 años le hacen bruscas caricias para reanimarlo. El pequeño tiene la mirada perdida, como inconsciente, un rostro inexpresivo y, a simple vista, presenta desnutrición y deshidratación severa. Lo dejaron abandonado en la puerta del hogar pocos días antes de sismo. En otro sector está Paco. Según relatan en el hogar, Paco, de sólo ocho años, fue rescatado desde los escombros de su casa. Toda su familia falleció y los vecinos lo trasladaron hasta este lugar donde aún permanece totalmente en shock y sin despegarse de algún adulto.

Madame Roland habla un buen español. Está casada con un ex militar argentino, Osvaldo Fernández, a quien conoció en 1996 cuando él estuvo destinado en este país. Se casaron al año siguiente y, desde entonces, ambos sostienen el Hogar sólo "con la caridad de amigos y con 75 dólares mensuales que les da el Banco Nacional de Haití" para los 74 niños que tienen a su cuidado, desde bebés de 20 días hasta adolescentes de 16 años. Osvaldo realiza, desde hace años, gestiones ante las autoridades locales para que se les otorgue algún tipo de ayuda mayor, pero ha sido inútil, dice.

"Acá no tenemos nada, nos falta de todo, lo que usted imagine. Ya no podemos recibir más niños y tuvimos que contratar un guardia para la noche, ya que mucha gente, tras el terremoto, viene acá a abandonar niños que no pueden alimentar", afirma Fernández.

Algunos rostros de los menores producen escalofríos. En la sala donde nos recibe, llena de moscas y zancudos, unos 13 niños lloran sin cesar, sobre todo al paso del fuerte ruido de los helicópteros que, cada 15 minutos, sobrevuelan el sector a baja altura. En sus rostros hay un espanto que pocas veces se ve en pequeños como ellos. Aquí tienen baño y, aunque le pasan un trapero con cloro, el olor es irrespirable.

Desde este lugar salió rumbo a Chile, el 15 de enero pasado, Alejandrito -de 4 meses de edad-, que fue adoptado por el ingeniero penquista Alejandro Toro y su esposa. Este pequeño fue parido en un mercado de verduras. Su madre padecía una enfermedad venérea que se la transmitió al menor a los ojos. El médico chileno Andrés Guardia, de la Minustah, le aplicó un complejo tratamiento de antibióticos y una alimentación especial para combatir su desnutrición.

"El día del terremoto estábamos con Alejandro en el patio cuando empezó la tragedia. Los niños gritaban y se apegaban a mi cuerpo, mientras todo saltaba y se remecía. Alejandro subió al segundo piso a sacar a algunos niños y los puso junto a nosotros. Cuando terminó, salimos a la calle y vimos el horror y los muertos por montones. No había luz y era imposible avanzar en auto o moto", señala el argentino. Ese día, antes del colapso de las líneas telefónicas, Toro logró llamar a su esposa María Elena: "Hola, hubo un terremoto, estoy con Alejandrito en los brazos, no nos pasó nada", le dijo. Pero tras las dos réplicas, su mujer no pudo ubicarlo por 48 horas.

Osvaldo consulta si he tenido noticias de la chilena Andrea Loi, una de las benefactoras anónimas del hogar. Cuando le informo que falleció, rompe en llanto. "Andrea era muy buena con nosotros, iba a donar unas camitas para las niñas. Ese día envió un maestro para que tomara medidas y yo hablé con ella una o dos horas antes", recuerda.

Dice que hoy su mayor urgencia es un generador eléctrico. Curiosamente, el aparato podría costearse con la venta de uno de los tres autos que hay en el interior de la casa. Uno de ellos es un BMW que su cuñado repara en el antejardín.

En ambos hogares nos consultan por una misma y particular inquietud. ¿Es verdad que el gobierno de Chile pone dificultades para adoptar haitianos? Donde Madame Paul preguntan si es por qué son negros.

Burocracia y coimasHay molestia en Puerto Príncipe por cómo se ha tratado el tema de lo que se ha llamado "tráfico de niños". Esto, a partir de la detención de 10 estadounidenses que intentaron sacar ilegalmente de Haití a 33 niños por la frontera de República Dominicana. Para los civiles de la Minustah y para la gente en la calle, el problema es otro. Para fuentes diplomáticas y legales, el foco del tema es qué sucederá con los niños que perdieron a sus padres o cuyas familias los han abandonado en hogares para eludir alimentarlos. "¿Es mejor dejarlos morir o tratar de sacarlos clandestinamente del país para darles una vida, que en ningún caso será peor que el horror haitiano?", se pregunta un importante diplomático en Puerto Príncipe. Otro funcionario internacional va más allá. "Las autoridades migratorias haitianas ponen una serie de trabas para sacar a un huérfano. Siempre ha sido así, porque Haití no es parte de la convención de La Haya sobre adopciones. Pero si uno tiene todos los papeles y sólo falta el pasaporte, el mismo funcionario haitiano que ha puesto mil problemas, por 1.200 dólares entrega todas las facilidades y los sellos correspondientes. Mi hermano lo hizo así y no es el único caso", sostiene el personero, que pide reserva de su identidad.

Por Carlos Saldivia, desde Puerto Príncipe

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